Es un sentimiento que invade cada poro de la piel y cada nervio que conecta al corazón.
El amor hacia los hijos no es comparable con otro tipo de amor. No se tiene que alimentar a diario, no hace falta que sea correspondido, no es un sentimiento que se dá a cambio de otro, ni se desgasta con el tiempo. No se gana ni se pierde, solo existe y nace para darse sin límite, sin fecha de caducidad.
No es un sentimiento que se desgasta con el tiempo, sino todo lo contrario, aumenta el cariño y la admiración. Es un enamorase constante, una fascinación, al ser testigos de su transformación. Es aceptación total.
Y aún sabiendo que son nuestros, hay quien insiste en decir que son prestados, sin entender que esa frase nunca la habría inventado una mamá, porque hacia adentro y en el alma, sabemos que no es cierto.
Y lo confirmamos cuando nos tiembla el corazón al escuchar el hermoso timbre de su voz lejana o cuando se conectan nuestras miradas, cuando olemos su pelo y acariciamos su piel.
Sí, son libres y sí, se irán!! Es nuestro gran trabajo darles alas para volar, aunque duela cuando emprendan el vuelo; pero prestados, nunca. Nuestro corazón se llena de gozo cuando vemos sus triunfos. Logros y éxitos. Cuando los vemos haciendo y formando familia.
La distancia jamás disminuirá el vínculo intangible,
la conexión inexplicable,
la unión indivisible.
Los hijos son para toda la vida y son nuestros, como seremos siempre de ellos también. Los hijos son parte de nosotros y llevan nuestra esencia.
Fuente: Filosofía y ser

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