Julián de Zubiría Samper
El gobierno Duque nos deja un país con más guerra, hambre, inequidad, deterioro educativo y cultural. Es cierto que la población está vacunada y que marchamos hacia la recuperación económica, pero hemos venido perdiendo la esperanza. Se trata de un contexto propicio para que se agudicen las crisis emocionales de los jóvenes.
En estos dos últimos años los jóvenes han vivido un contexto especialmente complejo. La pandemia les arrebató expectativas, amigos, familiares y compañeros, y el mal gobierno les robó la esperanza. Es un proceso que viene de tiempo atrás, pero los últimos tiempos han sido particularmente duros. Los rituales sociales y culturales han sido profundamente afectados. Les cerramos los sitios de recreación, encuentro y deporte. De un día para otro, cambiaron nuestras formas de interactuar: noviazgos, excursiones, viajes, estudio, entierros, fiestas y celebraciones, todos cambiaron.
La OMS estima que durante la pandemia aumentaron en un 25 % los casos de ansiedad y depresión. Aunque es cierto que esto afecta a todos los seres humanos, la diferencia es que un joven se construye en torno a las interacciones con los compañeros, o lo que David Ausubel llama la resatelización con sus grupos de pares. Ser joven es pertenecer a grupos diversos: de música, política, rumba, debate, estudio, deporte e interacción social. La identidad del joven se construye al interactuar con otros de su edad. Por eso para ellos la pandemia tendrá efectos mayores y más prolongados. Ante esta situación, profesores y padres tenemos que tener especial cuidado con nuestros estudiantes e hijos preadolescentes y adolescentes durante este tiempo. Tendremos que cuidar su salud emocional.
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Los adolescentes de los sectores populares vivieron en condiciones de mayor pobreza; a fin de cuentas, para 19 millones de colombianos aumentó el hambre y el 30 % de los hogares está comiendo menos de tres veces por día. Los jóvenes de estos grupos sociales convivieron en espacios reducidos con padres más autoritarios y familias numerosas. Adicional a esto, prácticamente no tuvieron educación durante dos años. Los profesores se comunicaban por WhatsApp, pero eso no puede considerarse como un proceso formativo y mediado para impulsar el desarrollo integral.
Con todo lo anterior, no es de extrañar que en los colegios oficiales se presenten tantas riñas en el inicio del año escolar. En un país tan acostumbrado a la violencia y donde la mitad de los padres golpea con algún objeto y de manera frecuente a sus hijos, es comprensible que esa violencia también se exprese en los colegios, más aún si permanecen algunas restricciones a la socialización. La violencia que se vive actualmente en los colegios es una expresión de la violencia política, social y económica del país, agravada por las condiciones de estrés, restricción y violencia que vivieron los jóvenes en sus hogares durante estos dos años.
Por el contrario, los adolescentes de estratos medios y altos están en hogares donde han aumentado los estilos de autoridad permisivos y ambivalentes. Ellos pudieron mantener su educación en modalidad híbrida, pero en contextos restrictivos. Algunos venían acostumbrados a conseguir lo que deseaban de manera relativamente fácil. Eso explica por qué algunos de estos jóvenes se han vuelto más frágiles y menos resilientes. Vivir un periodo con tanta restricción también ha sido especialmente difícil para ellos a nivel social, emocional y relacional; les ha resultado difícil enfrentar la incertidumbre y las restricciones, muy especialmente a los que eran menos autónomos y resilientes.
Al volver a clases, algunos de estos jóvenes llegan con torpeza a interactuar con sus compañeros, no miran a los ojos y tienen poca empatía, porque las restricciones, la pandemia y la ausencia de compañeros reales han afectado su desarrollo integral. En ellos han aumentado la ansiedad, la depresión y la ideación suicida. Afortunadamente, una mayoría fortaleció la resiliencia, la flexibilidad, la autonomía y la solidaridad durante la pandemia.
Seguimos viviendo una época inédita de la humanidad y, en este contexto, volver a los modelos tradicionales –rutinarios y descontextualizados– sería un muy grave error. No es el momento de enfatizar en matemáticas y biología en los colegios. La prioridad debe ser el cuidado emocional de los jóvenes. Necesitamos que recuperen la esperanza que han perdido y la socialización que les hizo falta durante un largo tiempo de confinamiento y aislamiento. Muchos jóvenes retornaron a sus colegios con miedo, angustia, tristeza y depresión. Algunos vivieron delicadas crisis de salud propias o de sus familiares cercanos. Todo eso afectó muy negativamente su desarrollo integral.
Es tiempo de fortalecer la empatía, la flexibilidad, la solidaridad, la autonomía y la resiliencia de niños, niñas y jóvenes. Si retornamos a las escuelas de siempre, como sociedad habremos perdido el año. Pero lo más grave es que también podremos perder muchas vidas si no entendemos que la escuela debe tener más en cuenta el contexto que vivimos. Es momento de que, en universidades y colegios, dediquemos más tiempo y recursos al corazón que a la razón. Hoy y siempre, educar es formar mejores ciudadanos. Lo que pasa es que con frecuencia se nos olvida lo esencial.
* Director del Instituto Alberto Merani (@juliandezubiria)
Fuente: El Espectador
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